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jueves, 27 de febrero de 2014

LA CONTAMINACIÓN EN CHINA YA AFECTA LA FOTOSÍNTESIS DE LAS PLANTAS

Semillas de pimientos y tomate, que tardan 20 días en convertirse en plantas, emplearon más de dos meses en germinar. La gran contaminación mermará el rendimiento de las cosechas y el país tendrá que importar más alimentos. El 26 de febrero la concentración de partículas nocivas se situó en 486 microgramos por metro cúbico. La Organización Mundial de la salud establece el límite de seguridad en 25.

Ciudadanos de Pekín caminan por la
calle con mascarillas.
Las mascarillas se han convertido ya en una prenda más, la población presta más atención a las previsiones de polución que a las del tiempo, y no faltan razones para todo ello: la Academia de Ciencias Sociales de Shanghái considera que Pekín es una ciudad “casi inhabitable para el ser humano”, y, en un estudio publicado recientemente, la sitúa como la segunda peor ciudad en una lista de 40.

La grave contaminación habitual en China, que provoca la muerte prematura de miles de personas en el país cada año y ha empeorado el número de casos de cáncer de pulmón en la capital, tiene otra derivada con potenciales consecuencias catastróficas sobre la agricultura y la alimentación.

He Dongxian, profesora en la Universidad de Agricultura de China, en Pekín, asegura que un experimento realizado en la municipalidad durante meses recientes ha mostrado una ralentización drástica del proceso de fotosíntesis –el que permite a las plantas desarrollarse-, según informa el diario de Hong Kong South China Morning Post. En las pruebas, el crecimiento de semillas de pimientos y tomate, que normalmente tardan 20 días en convertirse en plantas de semillero con luz artificial en un laboratorio, tardaron más de dos meses en germinar en una granja invernadero en uno de los distritos de las afueras de Pekín.

Edificios de Quindao, provincia de Shandong,
cubiertos por el humo de las fábricas.
He asegura que membranas y contaminantes que se pegan a la superficie de los invernaderos reducen la cantidad de luz que llega a las plantas a la mitad, lo cual afecta de forma radical al proceso de fotosíntesis, por el cual las plantas transforman la luz en energía química. La investigadora afirma que la mayoría de las plantas que germinaron eran débiles o estaban enfermas, lo cual “reducirá la producción agrícola este año”. También advierte de que, si la niebla tóxica continúa o se intensifica, la producción de alimentos en China sufrirá “consecuencias devastadoras”, según recoge el diario.

“Un gran número de representantes de compañías agrícolas han acudido de repente a encuentros académicos sobre fotosíntesis en los últimos meses en busca desesperada de soluciones”, señala. “Nuestros colegas en otros países se han mostrado conmocionados por el fenómeno porque en sus países no ha ocurrido nunca nada igual”. Algunas empresas están estudiando instalar equipos de iluminación artificial, y muchas granjas han incrementado de forma importante el uso de hormonas vegetales para estimular el crecimiento de las plantas, señala el periódico.

Unos niños vuelven en pleno día de la escuela
en Shijazhuang, en la provincia china de Hebei
afectadas por altos indices de contaminación.
La concentración de partículas finas o PM2,5 –aquellas que tienen 2,5 micras o menos de diámetro- alcanzó este miércoles por la mañana en Pekín 557 microgramos por metro cúbico, según las mediciones de la embajada de Estados Unidos. Este valor supera más de 22 veces el máximo de 25 microgramos aconsejado por la Organización Mundial de la Salud (OMS). La Agencia de Protección Medioambiental estadounidense considera niveles por encima de 300 como muy peligrosos. En tanto el gobierno de Pekín en su medición del 26 de febrero, la concentración de partículas nocivas se situó en 486 microgramos por metro cúbico. La Organización Mundial de la salud establece el límite de seguridad en 25. Al caer la noche, la concentración de PM2,5 bajó a 82, gracias a la caída de una lluvia ligera. Este nivel es calificado aún de “perjudicial para la salud”.

El Gobierno ha enviado en los últimos días equipos de inspectores a localidades de las municipalidades de Pekín y Tianjin y la provincia de Hebei para analizar la respuesta de las autoridades a la peor crisis de contaminación atmosférica que sufre China desde hace meses, según el Ministerio de Protección Medioambiental. Los inspectores tienen en el punto de mira a fábricas, acerías, obras y cementeras, entre otros. Aquellas que estén incumpliendo las normativas serán identificadas públicamente.

Turistas chinos lucen mascarillas en Pekín.
Un habitante de Shijiazhuang -capital de Hebei y una de las ciudades con peor calidad de aire del país- se ha convertido esta semana en lo que ha sido calificado como la primera persona de China que pone una demanda contra el Gobierno por no haber impedido la contaminación. El demandante, Li Guixing, ha pedido en un tribunal que el Departamento de Protección Medioambiental de Shijiazhuang indemnice a los ciudadanos por la polución que afecta de forma continua a la ciudad.

La demanda de Li es una muestra de la creciente conciencia ecológica y enfado que tiene la población por la degradación originada por tres décadas de desarrollo meteórico sin prestar atención a las consecuencias medioambientales.

Desde los medios de comunicación chinos se aconseja evitar en lo posible las actividades y sobre todo los esfuerzos físicos al aire libre y se recomienda la utilización de mascarillas.

Estadísticas escalofriantes
Sin duda, las estadísticas producen escalofríos. 16 de las 20 ciudades más contaminadas del planeta están en China, el país que hace cuatro años superó a Estados Unidos como el principal emisor de CO2 a la atmósfera, y solo un 1% de las principales ciudades del país disfruta de aire considerado saludable por la Organización Mundial de la Salud. La rápida industrialización, dependiente energéticamente del carbón y caracterizada por un bajo nivel tecnológico, se suma a una peligrosa falta de ética empresarial para agitar un explosivo cóctel que se cobra un elevado precio humano.

Un día habitual en Pekín, bajo una
bruma con smog.
El informe independiente Global Burden of Disease aseguró la pasada primavera que el número de muertes prematuras por la contaminación ha aumentado hasta los 1,2 millones, una cifra que supone el 40% del total. Y otro estudio publicado en la prestigiosa revista Proceedings of the National Academy of Sciences de Estados Unidos cuantificó por primera vez el impacto que la polución atmosférica tiene en la esperanza de vida de los chinos: 500 millones de personas que habitan en el norte del país, y que nacieron antes de 1990, momento en el que comenzó la expansión económica más rápida, vivirán una media de 5,5 años menos que sus compatriotas del sur, donde no se utiliza calefacción central de carbón.

Motociclistas chinos se desplazan
sumergidos en una nube tóxica.
Por si fuese poco, el año pasado el Partido Comunista reconoció también la existencia de los polémicos “pueblos del cáncer”. Son unas 400 localidades, situadas cerca de industrias particularmente contaminantes, en las que la mayoría de sus ciudadanos muere por esta enfermedad. A nivel nacional, el cáncer mata a una de cada cuatro personas, y el número de fallecidos por la variante que afecta al pulmón se ha disparado un 465% en las últimas tres décadas. Ningún caso ha reflejado mejor este problema que el de una niña de ocho años, residente en la provincia oriental de Jiangsu, que se convirtió el año pasado en la paciente más joven del país por esta dolencia y causó una gran conmoción mediática.

Así, no es de extrañar que ciudades como Chengdu hayan decidido establecer clínicas especializadas en problemas causados por la contaminación atmosférica, y que en Pekín estén desarrollando un sistema para lanzar nitrógeno líquido a la atmósfera y combatir de esta forma el smog. Son medidas que se enmarcan en el plan quinquenal del Gobierno que, a través de un sistema que contempla castigos más duros para quienes contaminan, subvenciones a las energías limpias y una mejor planificación, pretende reducir de forma sustancial la concentración de partículas en suspensión en las principales zonas industriales del país.

Aguas y tierras en peligro
Además, las sustancias nocivas no sólo atacan por aire, también lo hacen por mar y por tierra. Según las propias estimaciones del Gobierno, el 64% de los acuíferos están gravemente contaminados, y algo similar sucede con el agua en las costas del país.

16 de las 20 ciudades más contaminadas
del planeta están en China.
China sólo cuenta con un 7% de la capacidad hídrica del planeta para abastecer al 22% de su población. Si se cumplen los planes detallados en el 12º Plan Quinquenal, que prevé 16 nuevos centros de carbón, China necesitará 10.000 millones de metros cúbicos de agua, lo que supone una cuarta parte del caudal del Río Amarillo. Las provincias carboníferas como Shaanxi no tendrán agua suficiente para abastecer a esta industria en 2015.

Por otro lado, hace dos años el Gobierno chino encargó un detallado análisis del suelo. Lo recibió el pasado mes de abril, y decidió calificar su contenido como “Secreto de Estado”, una etiqueta que no hace presagiar nada bueno.

De momento, en diciembre se hizo público que unos 3,3 millones de hectáreas de tierra están demasiado contaminadas como para ser utilizadas con fines agrícolas. Eso supone nada menos que un 2% de toda la superficie cultivable del país, y muchos científicos estiman que es un porcentaje muy inferior al real.

La situación, además, empeora. Según el Ministerio de Protección Medioambiental, los niveles de polución de 2013 han sido los peores en los últimos 52 años y todo indica que el 2014 será peor. De media, la capital duplicó los niveles máximos de contaminación establecidos por el Gobierno y ha sufrido 186 días de ‘polución severa’. Incluso ciudades como Shanghái, que habían disfrutado de niveles de contaminación relativamente inferiores gracias a su ubicación geográfica, están ya al límite. La capital económica de China lo demostró el pasado mes de diciembre, cuando la concentración de partículas inferiores a 2,5 micras batió un récord y superó las 600 por metro cúbico.

La naturaleza salvaje en extinción
Sun Xiaodong hace diez años se especializó en fotografía de naturaleza, y hace cinco que decidió dar a sus imágenes un claro contenido de denuncia. “Uno de mis primeros trabajos lo realicé en unos humedales de la provincia costera de Zhejiang. Regresé allí cinco años después y me encontré con un panorama desolador. La sequía había hecho estragos, y era imposible encontrar a la mayoría de las especies animales que había fotografiado en el primer viaje. Ese fue el momento en el que tomé conciencia de lo que está sucediendo en mi país”.

El policía chino que dirige el tránsito apenas
se lo ve en medio del humo.
Sun entrevistó a varios lugareños, que confirmaron lo que él había visto: no se trataba de algo puntual sino de una degradación continua y, aparentemente, irreversible. “Regresé a Shanghái preocupado. Y fue entonces –en 2007– cuando comenzaron a publicarse noticias sobre las desastrosas consecuencias de nuestra política económica en la naturaleza”. Eso es lo que le llevó a crear, junto a otros compañeros, Xihan Action, una de las pocas ONG locales que tienen como objetivo descubrir los desmanes de políticos y empresarios que afectan al entorno y proteger la biodiversidad china. “Una de las principales razones por las que el pueblo chino no reacciona ante el holocausto natural que sufre es la falta de información. Nosotros queremos llenar ese vacío”.

Los dirigentes chinos reconocen que es vital poner remedio a la contaminación antes que sea demasiado tarde. De hecho, diferentes estudios estiman que la contaminación le cuesta a China entre el 7% y el 10% de su PIB. El propio ex primer ministro, Wen Jiabao, aseguró en su última rueda de prensa que el objetivo de China ya no puede ser crecer mucho sino “crecer mejor”. Eso supone relajar el ritmo del desarrollo económico –se espera que esté en torno al 7% anual durante la próxima década–, modernizar las industrias obsoletas, y reducir la dependencia del carbón, que todavía proporciona el 70% de las necesidades energéticas del Gran Dragón.

A casi 3.000 kilómetros hacia el suroeste, en la región tropical de Xishuangbanna, Li Minguo ha conseguido proteger un pedazo de tierra de los promotores inmobiliarios sin escrúpulos. Li es la viuda del biólogo alemán Josef Margraf, un hombre que, hasta su muerte en 2010, se empeñó en reproducir el ecosistema de la frondosa jungla original para revertir la destrucción que asuela la región, fronteriza con Laos y Birmania y víctima de la avaricia de empresas y de gobernantes corruptos.

El desaparecido Josef Margraf y Lin Minguo en
Tianzi, el paraíso ecológico en medio de una
China contaminada.
Juntos crearon Tianzi –literalmente “semillas del cielo”–, un parque natural privado que guarda 600 especies vegetales, muchas en peligro de extinción, en otras tantas hectáreas. “Lo hacemos por nuestros hijos”, asegura Li en el caserón de madera desde el que dirige el parque. Su marido consiguió crear un microcosmos en la parcela-laboratorio que rodea la sede de Tianzi, y ahora ella busca trasladarlo en gran escala a la montaña. “China vive una transformación brutal que supone una grave amenaza para la naturaleza. Primero hacemos dinero, luego ya haremos el bien, piensan muchos”, denuncia la mujer.

Sus palabras toman forma durante las tres largas horas de viaje por carreteras imposibles hasta la reserva. A ambos lados quedan nuevas urbanizaciones de lujo, centros comerciales, y un monótono desierto verde. Cerca de la entrada a Tianzi todavía son visibles las quemaduras provocadas por el incendio que, en 2011, amenazó todo el proyecto. Li es incapaz de contener las lágrimas ante la visión de la tierra ennegrecida, y recuerda los grandes intereses a los que se enfrenta. “Somos molestos para mucha gente poderosa que se alegraría si desapareciésemos, pero me reconforta ver cada día cómo más y más chinos se interesan por proyectos como el nuestro y toman conciencia de lo que está sucediendo en el país”.

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