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jueves, 15 de noviembre de 2012

ALBERTO MAGNO, UN GENIO DEL SIGLO XIII

Los propios contemporáneos de San Alberto, fueron quienes le dieron el título de "Magno". Explicó en el siglo XIII con argumentos sólidos que la tierra es redonda. Creó el primer robot del que se tiene información fehaciente.

Fue el primero en utilizar la palabra “androide” y además de tener en su casa un autómata de hierro que caminaba, hablaba y hacía las tareas del hogar, poseía una cabeza parlante que respondía preguntas. Y por si esto fuera poco, fue el descubridor del arsénico.

El que sería luego San Alberto, nació en Lauingen, Baviera, probablemente entre 1193 y 1206, y falleció en Colonia, el 15 de noviembre de 1280.

Fue sacerdote, obispo, y Doctor de la Iglesia, además de un destacado teólogo, geógrafo, filósofo y figura representativa de la química y, en general, de la ciencia medieval. Su humildad y pobreza fueron notables.

Era hijo de un caballero, pertenecía a la familia Bollstädt; nació en Suabia, en el castillo de Lauingen, a orillas del Danubio, probablemente entre 1193 y 1206, ya que no hay una fecha exacta de su nacimiento.

Lo único que sabemos sobre su juventud, es que estudió desde los 16 años en la Universidad de Padua donde vivía su tío. Allí encontró en 1222, al Beato Jordán de Sajonia, segundo maestro general de la orden de Santo Domingo, quién lo dirigió en la vida religiosa y escribió desde Padua a la Beata Diana de Andelo, que estaba en Bolonia, anunciándole que había admitido en la orden a diez postulantes, "y dos de ellos son hijos de condes alemanes".  Uno era Alberto. En Padua tomó el hábito de Santo Domingo de Guzmán y profundizó en el conocimiento de la filosofía aristotélica.

La visión de la escalera
San Alberto había dicho que, de joven, le costaban los estudios y que por eso una noche dispuso huir del colegio donde estudiaba.  Pero al tratar de huir por una escalera colgada de una pared, cuando llegó a la parte de arriba se encontró con Nuestra Señora la Virgen María que le dijo: "Alberto, ¿por qué en vez de huir del colegio, no me rezas a mí que soy 'Causa de la Sabiduría'?  Si me tienes fe y confianza, yo te daré una memoria prodigiosa. Y para que sepas que sí fui yo quien te la concedí, cuando ya te vayas a morir, olvidarás todo lo que sabías".  Aquello sucedió como la Virgen le dijo. 
Cuando el conde de Bollstädt se enteró de que su hijo vestía el hábito de los frailes mendicantes, se enfureció sobremanera y habló de sacarlo por la fuerza de la orden. Pero los superiores de Alberto le enviaron discretamente a otro convento, probablemente el de Colonia, Alemania donde estaba la escuela más importante de la orden y la cosa paró ahí. El hecho es que Alberto enseñaba en Colonia en los años 1228 y en 1229 vistió el hábito de los frailes predicadores. Más tarde, fue prefecto de estudios y profesor en Hildesheim, Friburgo de Brisgovia y Estrasburgo. Cuando volvió a Colonia, era ya famoso en toda la provincia alemana.

Como París era entonces el centro intelectual de Europa occidental, Alberto pasó ahí algunos años como maestro subordinado, hasta que obtuvo el grado de profesor.  La concurrencia de estudiantes a sus famosas clases fue tan grande que debió enseñar en la plaza pública, la cual, aunque pocos lo saben, lleva su nombre. Se trata de la Plaza Maubert, nombre que viene de "Magnus Albert". Se le hizo el raro honor, entre los eruditos de su tiempo, de citarlo como una gran autoridad.

Estudiando en París, se doctoró en 1245. Estando en París tradujo, comentó y clasificó textos antiguos, especialmente de Aristóteles. Añadió a estos sus propios comentarios y experimentos, aunque Alberto Magno no veía los experimentos como lo verían luego los fundadores de la ciencia moderna y en especial Galileo Galilei, sino que en su opinión la experimentación consistía en observar, describir y clasificar. Este gran trabajo enciclopédico sentó las bases para el trabajo de su discípulo Santo Tomás de Aquino. También trabajó en botánica y en alquimia, destacando por el descubrimiento del arsénico en 1250. En geografía y astronomía explicó, con argumentos sólidos, que la tierra es redonda.

Elegido superior provincial de Alemania, abandonó la cátedra de París y estuvo constantemente presente en las comunidades que gobernaba, recorriendo a pie la región, mendigando por el camino el alimento y el hospedaje para la noche.

En 1248, los dominicos determinaron abrir una nueva Universidad ("studia generalia") en Colonia y nombraron rector a San Alberto. Desde entonces hasta 1252, tuvo entre sus discípulos a un joven fraile llamado Tomás de Aquinohijo del conde Landolfo de Aquino.

San Alberto fue el maestro de Santo Tomás de Aquino, el más importante de los teólogos de todos los tiempos, pero Alberto es un hombre grande por sí mismo. 

Enseñó en algunas de las pocas Universidades que existían en ese momento en Europa, también desempeñó su trabajo en distintos conventos a lo largo de Alemania. En 1254, fue nombrado provincial en Alemania. Dos años más tarde, con su alto cargo asistió al capítulo general de la orden en París, donde se prohibió a los dominicos que aceptasen en las universidades el título de "maestro" o "doctor" o cualquier otro tratamiento que no fuera el de su propio nombre. Para entonces, ya se le llamaba a San Alberto "el doctor universal", y el prestigio de que gozaba había provocado la envidia de los profesores laicos contra los dominicos. En vista de esa dificultad, que había costado a Santo Tomás y a San Buenaventura un retraso en la obtención del doctorado, San Alberto fue a Italia a defender a las órdenes mendicantes contra los ataques de que eran objeto en París y otras ciudades. Guillermo de Saint-Amour se había hecho eco de dichos ataques en su panfleto "Sobre los peligros de la época actual". Durante su estancia en Roma, San Alberto desempeñó el cargo de maestro del sacro palacio, es decir, de teólogo y canonista personal del Papa. Por entonces, predicó en las diversas iglesias de la ciudad.

Obispo de Regensburgo o Ratisbona
Entre 1259 y 1260, fue ordenado obispo de la sede de Ratisbona, cargo que dejaría poco después habiendo remediado algunos de los problemas que tenía la diócesis. En 1263, el Papa Urbano IV aceptaría su renuncia, permitiéndole volver de nuevo a la vida de comunidad en el convento de Wurzburgo y a enseñar en Colonia.

Entre 1260 y 1263 hizo mucho por remediar los problemas de su diócesis. Su humildad y pobreza eran ejemplares. Desgraciadamente, los intereses creados y la persistencia de ciertos abusos no permitieron al santo terminar la obra comenzada. Para gran gozo del maestro general de los dominicos, Beato Humberto de Romanos, que había tratado en vano de impedir que Alejandro le consagrase obispo, San Alberto volvió al "studium" de Colonia. Pero al año siguiente, el santo recibió la orden de colaborar en la predicación de la Cruzada en Alemania con el franciscano Bertoldo de Ratisbona.  

Una vez terminada esa tarea, San Alberto volvió a Colonia, donde pudo dedicarse a escribir y enseñar hasta 1274, cuando se le mandó asistir al Concilio Ecuménico de Lyon. En víspera de partir, se enteró de la muerte de su querido discípulo, Santo Tomás de Aquino (según se dice, lo supo por revelación divina). A pesar de esta impresión y de su avanzada edad, San Alberto tomó parte muy activa en el Concilio, ya que, junto con el Beato Pedro de Tarantaise (Inocencio X) y Guillermo de Moerbeke, trabajó ardientemente por la reunión de los griegos, apoyando con toda su influencia la causa de la paz y de la reconciliación.

Los propios contemporáneos de San Alberto, fueron quienes le dieron el título de "Magno".  Por la profundidad y amplitud de sus conocimientos, solían llamarle también "el Doctor Universal" pues sus conocimientos en todos los campos eran extraordinarios. El monje Roger o Rogelio Bacon le consideraba como "una autoridad" y calificaba sus obras de "fuentes originales".

En aquella época, la filosofía comprendía las principales ramas del saber humano accesibles a la razón natural: la lógica, la metafísica, las matemáticas, la ética y las ciencias naturales.  Entre los escritos de San Alberto, hay obras sobre todas esas materias, por no decir nada de los sermones y de los tratados bíblicos y teológicos.  La figura de San Alberto se destaca en el campo de las ciencias naturales, cuya finalidad, según dice el santo, consiste en "investigar las causas que operan en la naturaleza". Algunos autores llegan incluso a decir que San Alberto fue una autoridad en física, geografía, astronomía, mineralogía, alquimia (es decir, química) y biología, por lo cual nada tiene de sorprendente que la leyenda le haya atribuido poderes mágicos. En sus tratados de botánica y fisiología animal, su capacidad de observación le permitió disipar leyendas como la del águila, la cual, según Plinio, envolvía sus huevos en una piel de zorra y los ponía a incubar al sol. También han sido muy alabadas las observaciones geográficas del santo, ya que hizo mapas de las principales cadenas montañosas de Europa, explicó la influencia de la latitud sobre el clima y, en su excelente descripción física de la tierra demostró que ésta es redonda.

Pero el principal mérito científico de San Alberto reside en que, al caer en la cuenta de la autonomía de la filosofía y del uso que se podía hacer de la filosofía aristotélica para ordenar la teología, re-escribió, por decirlo así, las obras del filósofo para hacerlas aceptables a los ojos de los críticos cristianos. Por otra parte, aplicó el método y los principios aristotélicos al estudio de la teología, por lo que fue el iniciador del sistema escolástico, que su discípulo Tomás de Aquino había de perfeccionar. Así pues, fue San Alberto el principal creador del "sistema predilecto de la Iglesia".  El reunió y seleccionó los materiales, echó los fundamentos y Santo Tomás construyó el edificio. Al mismo tiempo se mantenía humilde y rezaba así: "Señor Jesús pedimos tu ayuda para no dejarnos seducir de las vanas palabras tentadoras sobre la nobleza de la familia, sobre el prestigio de la Orden, sobre lo que la ciencia tiene de atractivo"

San Alberto escribió durante sus largos años de enseñanza y no dejó de hacerlo cuando se dedicó a otras actividades. Como rector del "studium" de Colonia, se distinguió por su talento práctico, de suerte que de todas partes le llamaban a arreglar las dificultades administrativas y de otro orden.

Probablemente, la última aparición que hizo en público tuvo lugar tres años más tarde, cuando el obispo de París, Esteban Tempier, y otros personajes, atacaron violentamente ciertos escritos de Santo Tomás. San Alberto partió apresuradamente a París para defender la doctrina de su difunto discípulo, que coincidía en muchos puntos con la suya, y propuso a la Universidad que le diese la oportunidad de responder personalmente a los ataques; pero ni aun así consiguió evitar que se condenasen en París ciertos puntos.

Su obra completa ocupa cincuenta volúmenes, cada uno tan grueso como una enciclopedia. Hizo conocer de nuevo a Aristóteles en Occidente. Por su inconmensurable saber en los campos de la teología, la filosofía, la política y las ciencias naturales, recibió el título de Doctor Universalis.

En 1278, cuando dictaba una clase, le falló súbitamente la memoria y perdió la agudeza de entendimiento.  No recordaba absolutamente nada de todas sus reflexiones y creaciones. Sus  grandiosos conocimientos se le borraron como se borra lo escrito con tiza con un borrador.

Tal cual él había comentado que le dijo la aparición de la Virgen en la escalera “yo te daré una memoria prodigiosa. Y para que sepas que sí fui yo quien te la concedí, cuando ya te vayas a morir, olvidarás todo lo que sabías".

Dos años después, murió apaciblemente, a la edad de 87 (o 74) años, sin que hubiese padecido antes enfermedad alguna, cuando se hallaba sentado conversando con sus hermanos en Colonia.  Era el 15 de noviembre de 1280.  Antes, había mandado a construir su propia tumba, ante la cual todos los días iba a rezar el oficio de difuntos.

Está enterrado en la cripta de la Iglesia de San Andrés, en Colonia. No fue beatificado sino hasta 1622, y aunque se le veneraba ya mucho, especialmente en Alemania, la canonización se hizo esperar todavía.  Sus obras, fueron publicadas en 21 volúmenes en Lyon en 1629. Muchos de sus manuscritos se encuentran en la Biblioteca de Múnich.

En 1872 y en 1927, los obispos alemanes pidieron a la Santa Sede su canonización, pero al parecer, fracasaron. Finalmente, el 16 de diciembre de 1931, el papa Pío XI, en una carta decretal, proclamó a Alberto Magno Doctor de la Iglesia lo que equivalía a la canonización e imponía a toda la Iglesia de occidente la obligación de celebrar su fiesta. San Alberto, según dijo el sumo Pontífice, poseyó en el más alto grado el don raro y divino del espíritu científico. Es exactamente el tipo de santo que puede inspirar a nuestra época, que busca con tantas ansias la paz y tiene tanta esperanza en sus descubrimientos científicos".

Su fiesta en la Iglesia Católica se celebra el 15 de noviembre. San Alberto es el patrono de los estudiantes de ciencias naturales, ciencias químicas y de ciencias exactas.

Tecnología del futuro, en el oscuro siglo XIII
Al gran Alberto Magno se le han atribuido a lo largo de la historia multitud de obras tanto de carácter mágico como de creación de seres artificiales. En concreto dos, una de las llamadas “cabezas parlantes”, de las que se hablará más adelante, y de un autómata de hierro que le servía como mayordomo y en el que trabajó treinta años de su vida, era capaz de andar, abrir la puerta y saludar a los visitantes aunque otros autores afirman que además podía hacer más tareas caseras.

Se ha dicho y escrito que el famoso hombre artificial, construido por el propio Alberto Magno con sus conocimientos adquiridos vaya uno a saber en qué libros, abría la puerta de su celda cuando alguien llegaba a ella, y conversaba y daba razón al visitante.

A este mecanismo autónomo lo llamó “androide”, que es un término mencionado por primera vez por Alberto Magno en 1270 (diez años antes de su fallecimiento) y popularizado por el autor francés Auguste Villiers en su novela de 1886 L'Ève future. Etimológicamente "androide" se refiere a los robots humanoides de fisonomía masculina.

Una versión (que también se cuenta en la historia de la cabeza parlante) narra que Santo Tomás de Aquino, discípulo suyo, cuando falleció su constructor San Alberto Magno, destruyó a golpes al autómata de hierro ya que estaba convencido de que la mano del diablo había influido en su creación. Pero esto no pudo ser posible porque Aquino falleció en 1274, seis años antes que su maestro. En todo caso debió destruir al autómata entre el periodo de 1245 a 1252, mientras Aquino estudiaba en París, Tomás conoció al escolástico alemán Alberto Magno en 1245, a quien acompañó en su viaje cuando fue enviado como profesor a Colonia, durante 1248. Este filósofo alemán era autor de unos escritos en los que simplificaba las obras de Aristóteles. La relación con Alberto Magno fortaleció el interés de Tomás por el pensamiento del antiguo filósofo griego. Luego Aquino volvió en 1252 a París para enseñar como profesor de Teología en la Universidad. Si Tomás de Aquino acabó con esa maravilla tecnológica, para alejar de su maestro cualquier sospecha de brujería, en su ignorancia, privó al resto de la humanidad de este ingenio sorprendente.

Ahora bien, ¿dónde obtuvo Alberto Magno los conocimientos necesarios para construir un autómata? Si hablamos de avances científicos, existió en esa época un contemporáneo, en el mundo árabe, ya fallecido probablemente en el 1220, llamado Al-Jazari, uno de los más grandes ingenieros de la historia. Era todo un erudito, artista, astrónomo, inventor e ingeniero mecánico. Es el inventor del cigüeñal y los primeros relojes mecánicos movidos por pesos y agua entre otros muchos inventos de control automático, estuvo también muy interesado en la figura del autómata creando una obra del mismo nombre (también llamada El libro del conocimiento de los ingeniosos mecanismos) y considerada una de las más importantes sobre historia de la tecnología. Dentro de esta vertiente cabe destacar su complejo reloj elefante, animado por seres humanos y animales mecánicos que se movían y marcaban las horas o un autómata con forma humana que servía distintos tipos de bebidas.

Aunque se suele creer que la primera cabeza mecánica parlante fue construida por Alberto el Grande o San Alberto Magno, como también algunos le atribuyen la construcción de un autómata humano, un verdadero androide que andaba y hablaba, pero que no fue el primero ni tampoco la cabeza parlante.

Pudo heredar ese conocimiento de otros que lo precedieron. Dentro de los autómatas hay un grupo que ha tenido una gran difusión a lo largo de la historia, las cabezas parlantes, aparatos o seres que se creían entre la mecánica y la magia que hablaban, aconsejaban a sus dueños o predecían el futuro.

La leyenda y el mito han influido mucho en este tipo de mecanismos encontrándose las primeras versiones en antiguos cuentos árabes. Uno de los ejemplos más famosos es la misteriosa cabeza con forma de hombre que poseía el franciscano Roger Bacon (1214-1294), contemporáneo de Alberto Magno. Bacon, junto al fraile Bungay tardaron siete años en construir una cabeza de bronce que pudiese hablar. Lo hicieron leyendo ciertos libros antiguos que cayeron en sus manos. También crearon un autómata de hierro que habló pero al poco tiempo se autodestruyó. Respecto a la cabeza mecánica de Bacon estaba hecha de latón y podía responder a preguntas sobre el futuro, la de Alberto Magno con forma de mujer, respondía también sobre el futuro.

Curiosamente, unos doscientos años antes que Alberto Magno, el papa Silvestre II (938-1003), cuyo nombre antes de ser religioso era Gerbert, y fue un científico de su época, construyó una cabeza parlante de bronce que respondía sí o no a las preguntas que se le hacían. Cuentan las crónicas que Silvestre II, encargó a Mohamed Ibn Umail -un alquimista vecino de Barcelona conocido como Lupito- para que le vaticinara el futuro de su pontificado.  Mohamed, sería el creador de la cabeza y no Silvestre II.

¿Sería tal vez la cabeza parlante de Silvestre II, la misma que poseería años después Alberto Magno? ¿O se trataba de dos máquinas diferentes?

Tal vez la cabeza parlante de Alberto Magno era que inventó en el siglo XII Robert Grosseteste (o Greathead), obispo de Lincoln (1175-1253) que trabajó 7 años para construir una cabeza parlante de bronce.

En cualquier caso, es curioso que la mayoría de ellas ¡hablaban! Y el robot de Alberto Magno ¡también hablaba y realizaba múltiples tareas!

El tema de las cabezas parlantes y los autómatas (ya que estos artilugios no son los únicos que han sido citados por los historiadores, hubo otros antes de Cristo y posteriores a Alberto Magno) da para otro artículo, de lo que no cabe ninguna duda, es que en la Antigüedad existió una tecnología olvidada de la que sobrevivieron algunos escasos artilugios (hoy diríamos computadoras o inteligencia artificial) capaces de entrar en comunicación con los humanos.

Por Alberto Seoane

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